miércoles 23 de abril de 2008

Segundo Recuerdo, Parte 1.

Me desperté a media noche y al ver la cara de satisfacción que se le dibujaba a Jordi, sin saber muy bien si era por el sueño que estaba teniendo o simplemente por el lugar donde estábamos, aún cansado y derrengado por el largo día que habíamos tenido me fue imposible no dibujar una leve sonrisa antes de volver a caerme rendido al cansancio tan placentero que nos provocaba el devorar paisajes y lugares nuevos sin más nada que felicidad y buena compañía.

[...]

-Que calorcito en la cara... -pienso.
Abro los ojos y diviso al Sol sobre la ventanilla. Miro a los lados y veo a Jose tumbado, en su saco, bien embuchadito sobre el colchón que compartimos.
Me incorporo, me seco la baba matutina y doy un trago de agua para quitarme el sabor pastoso con el que siempre despierto.

En la pequeña cajita de madera para guardar mis efectos personales encuentro mi pequeño reloj de mano, que una vez abierto marca las siete y media de la mañana.
Me tumbo de nuevo y miro al techo.

Primer Recuerdo.

Aún puedo recordar nuestra primera noche en Francia.
Llegamos sobre las 2 de la madrugada, debíamos haber llegado cinco horas atrás, pero ya nos conocéis. Al pasar cerca de un campo decidimos detener el coche, agarrar las bolsas y salir a investigar un poco.
Nos adentramos en el bosque.

Bota pisando fuerte y húmedo.

Recuerdo esa tarde como el día en que me dieron el carné de conducir.
Varias horas deambulando, sacando fotos de todos los rincones, sobretodo de ese árbol quemado, corteza cayendo.

Rehicimos el camino dirección al coche, no sin antes sentarnos en el prado, sacar la barra de pan que habíamos comprado esa mañana en un pueblo cerca de la aduana, y aquél fuet que tanto nos gusta morder de insistencia.
Ya sabéis lo locos que nos pone el fuet, chorizo, y pan de payés, a Jose y a mi.
Un orgasmo.


Llegamos al coche ya al anochecer y seguimos con la marcha hacia el primer pueblo con motel.


Era un típico motelucho con campanillas en la puerta. Un señor canoso y gordo nos atendió, dándonos a elegir entre las habitaciones del 10 al 30. Como era de esperar elegimos la 23.
Subimos las mochilas tratando de no rozarlas con las paredes llenas de mugre.
¿Qué más deseábamos por una habitación a 12 euros la noche por persona?

Jose fue el primero en ducharse.

La habitación constaba de una litera con mantas verdes, una pequeña mesita de noche y otra de más grande, en el otro lado de la habitación, al lado de las cortinas de un color gris mugre.
Abrí los cajones de la habitación, en busca de algún secreto escondido. Al mover la mesita de noche descubrí como el papel de la pared caía húmedo al suelo, que asco.

Me senté en la cama y saqué un par de toallas y el pijama.
Oí como Marcos ya había detenido el agua.
Me acerqué a la terraza lentamente.
-Jose, ¿has visto esto? - proferí.
El chico salió del lavabo con la boca llena de dentífrico, con el cepillo en mano, ya con el pijama.
Ambos vimos como media terraza era ocupada por la luz y el sonido incesante de un cartel de luces rojas y verdes, que supusimos que sería de un anuncio sobre casa de prostitutas.
Yo me puse a reír y Jose me sonrió.

[...]

Nos tumbamos, cada uno en su cama, y mientras le daba las buenas noches y desconectaba la luz, podíamos oír como la felicidad entraba por la cerradura medio partida, como se colaba por los agujeros del techo, como una cucaracha que salía del baño nos anunciaba.
Toda la felicidad que sentíamos ahí, solos él y yo.
Todo eso, y, sin olvidar, el zumbido del cartel rojo y verde.